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¿Cómo hablamos los padres gays y las madres lesbianas a nuestros hijos de nuestras familias?

Diciembre de 2006

Tengo unas amigas con una hija de unos siete u ocho años. Los niños de esa edad reciben mucha información en el colegio y de los medios de comunicación y cada vez es más difícil controlar lo que oyen. Mis amigas están asustadas porque comprenden que algún día su hija oirá la palabra "lesbiana" y la asociará con ellas. Se preguntan cómo pueden introducir la palabra lesbiana, y el concepto "lesbiana" a su hija. Mi reacción es: "¿Cómo es posible que no la conozcan todavía?". La explicación es simple pero difícil de aceptar: inconscientemente, estas madres han protegido a su hija de la palabra "lesbiana", evitando pronunciarla en su presencia. Le han explicado que unos niños tienen "dos mamás", otros "dos papás" y otros "un papá y una mamá, o sólo un papá o sólo una mamá", pero nunca le han dicho "lesbiana", "gay" o "heterosexual".

Lo triste es que es probable que la niña ya haya oído las palabras "lesbiana", "gay" o "marica" y que las haya oído como insultos. Cuando madure lo suficiente para entenderlas, tendrá la experiencia dolorosa de relacionar un insulto con sus madres. Las madres tendrán que tener con ella una larga charla sobre prejuicios, sexualidad y cómo está hecha su familia, y todo el mundo lo pasará mal. Es mucho más sencillo ser naturales y dejar que nuestros hijos nos oigan especular sobre qué folclóricas son lesbianas, o comentar que Pepito se debe parecer al donante, o hablarles de la tripa en la que estuvieron, una mujer muy buena que te quería mucho pero no podía ser mamá.

De hecho, creo que hay que hablar de todo a los niños y, sobre todo, hablar de todo delante de los niños. Sí, de todo, y sí, desde el principio. Los niños construyen su imagen de sí mismos y de los demás a través de nuestras actitudes y las historias que les contamos sobre ellos mismos y su familia. Por eso les gusta tanto que les hablemos de sus orígenes, que les contemos cómo y dónde nacieron y qué hicimos durante el embarazo, o cómo los adoptamos y qué pensábamos en el avión que nos llevó a ellos. Si a los cuatro o cinco años, o aún peor a los trece, se revela un dato importante de su origen (que por narices tuvo que haber un hombre implicado en su concepción, que lo adoptamos, etc...), el niño se encuentra perdido, la imagen que tiene de sí mismo no es válida y tiene que volver a construirla. Y, horror, el niño descubre que le hemos mentido, por acción u omisión, y su confianza en nosotros se resiente. ¿Quién quiere tener este tipo de relación con sus hijos? Desde luego yo no.

Algunas personas me dicen que no vale la pena hablar a los niños sobre estas cosas porque de todas formas no las entienden. Es verdad. Tampoco entienden cuando les decimos "frío", "miedo", "tenedor" o "abuelo". Pero incorporan la palabra, y por tanto el concepto, a su imagen del mundo, como un misterio más a descubrir con la edad. Poco a poco el contexto en el que se usan las palabras les va dando pistas sobre su significado, que será un significado personal. "Donante" no significará un hombre que eyacula en un vasito por dinero, sino un hombre bueno que ayuda a las mujeres a tener hijos, igual que los donantes de sangre son personas buenas que ayudan a curar a los enfermos. Acabarán comprendiendo que parte de su cuerpo podría parecerse al de ese hombre, porque él ayudó a hacerlos y finalmente cuando sean adultos entenderán todas las implicaciones de la herencia genética y el funcionamiento de los bancos de esperma.

Y con todo esto sus madres no habrán inventado la rueda, habrán hecho exactamente lo que hacen todos los padres y las madres con sus hijos. Los niños que crecen en familias heterosexuales tampoco entienden el asunto del coito y el embarazo a la primera, los niños adoptados no entienden el proceso desde el principio. Pero es importante que sepan que hay un proceso y que conozcan las palabras que lo definen desde el principio, primero para formarse una imagen verídica y coherente de sí mismos, de su origen y de su familia, segundo para que nunca tengan que tener un momento de revelación que les eche a tierra esa imagen personal y la confianza que tienen en sus padres o madres, y tercero para que puedan reírse de cualquiera que pretenda herirles con versiones homófobas de la verdad y contestar a los comentarios bienintencionados, aunque a menudo desafortunados, de la gente.

Lucía Moreno Velo es madre lesbiana, escritora y fundadora de la editorial Topka, donde ha publicado Manu, una serie de libros que reflejan con toda naturalidad la vida diaria de un niño con dos mamás. Ver la colección Manu.

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